Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

sábado, 7 de enero de 2017

La ruta

La luz de la plaza ilumina
con luz de luna
mis desesperanzas
y me pregunto por cuántas rutas 
transitarán mis huellas;

huellas que son ligeras o son pesadas
al placer
de una luz de luna.

Paisaje nevado en la montaña turolense
(fotografía de María Minguez)

martes, 13 de diciembre de 2016

Adefesio estilizado

  
  Bueno, resulta que no sé qué escribir (será el frío húmedo de mi guarida, que entumece el seso), pero alguien dijo hace tiempo que uno debe darle al teclado con cierta frecuencia si quiere llamarse escritor; así que, aunque sólo sea por conservar el nombre, voy a llenar esto de sinsentidos. 

   El café, qué haríamos sin él. Yo me estoy tomando uno ahora mismo. Lo difícil es mantenerlo caliente. Sólo lo está recién hecho, pero ya os digo, con este frío se hiela en cuestión de minutos; encima lo mezclo con leche -solo no me gusta- y me da pereza calentarla aparte al fuego. ¿Microondas, dices? Qué burgués. Aquí nos va el gas. 
   El caso es que a lo sumo lo tomamos templado, y aún así deja escapar humo el jodido; pero igual sucede con nuestro pipí, que está más caliente. Y es que parece que de frío va la cosa. Os prevengo: en Valencia hace frío, no mucho pero húmedo, de manera que siempre pareces tener los pies algo mojados. Además las casas, especialmente las casas humildes, están mal acondicionadas, porque esta ciudad tiende más al verano que al invierno, por lo que no merecía la pena el esfuerzo; con el frío se pasa frío, punto. Así pues el café se hace importante, y los tés, las mantas, tener un gato, compartir piso... Todo esto lo hacemos los jóvenes, no por necesidad, no, sino por darnos calor entre nosotros, por empatía; en ocasiones hasta surgen líos de sábanas, lo cual está muy bien.

   Por la noche, ya que me deslizo hacia la antropología, nos reunimos algunos neoadultos en los bares baratos del barrio para tomar dos o tres cervezas... De tanto en tanto nos damos el lujo de comer algo también, que bueno es el cenar, aunque no sea todos los días. Ojo, ya quedó lejos aquello del botellón para nosotros. Yo os hablo de cervezas. Somos de otra generación, la siguiente a aquella, la que en general no es 'nini' y, o bien trabaja, o bien busca algo nuevo que estudiar (más lo primero que lo segundo, que muchos ya descubrimos que lo de la educación y las buenas notas era fuerte pantomima). Del trabajo habréis oído algo... No suele ser una de esas profesiones que te permiten formar una familia a tus veintipico o treinta, sino varias labores cuyos méritos alcanzan para pagar un alquiler, compartido si temes a la soledad (o a quedarte sin blanca), y para tomarte una cerveza cuando quieres, regalarte un par de libros ajaditos, renovar el ticket del metro, tu comida y la del gato.

Dibujo de Luka Adler,
quien también comparte piso

  En fin y concluyendo, que tanto leer no es bueno (a mí me da por olvidarme de lo que pensaba hace segundos): vivimos más humildemente, los que no venimos de las ramas más altas del árbol; a menudo más humildemente que nuestros padres lo hicieron... ¿pero vivimos peor? La felicidad, como la belleza, es relativa, tanto que ni existe. Hay buenos momentos y bellos instantes, eso sí. Ahora bien, ni se os ocurra apuntaros este tanto, gobernantes nuestros. Mi adaptación no es vuestro mérito. (Y acabó la cosa en pulla política. Vaya, vaya...)

viernes, 25 de noviembre de 2016

Reivindico a Larra

Mariano José de, porque no hay periodista que, leído en voz alta, me dé mayor placer. Se trata de su humor, de su ironía y de ese dominio del castellano que dista muchas leguas del que atesoramos hoy. Aprecio además su soledad y biografía, y su trágico final tiene para mí carácter de advertencia, como el reflejo lejano de una vida pasada.

  A continuación, un fragmento de su artículo ¿Quién es el público y dónde se encuentra?, del 17 de agosto de 1832. Será innecesario que se retrotraigan ustedes en casi dos siglos, pues esto es tabaco fresco:
"¿Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda [del público], ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y la justicia? ¿Será la que condena a vilipendio eterno al hombre juicioso que rehúsa salir al campo a verter su sangre por el capricho o la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? (...) ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor o de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?
(...)
Y en segundo lugar, concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que llamamos público; que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin porqué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido o de su desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad e ingratitud los servicios más importantes, y premia con usura a quien le lisonjea y le engaña; y, por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados".

  La próxima vez, pues, que lean su periódico, que escuchen en su televisión o radio al tertuliano o al político hablar de lo que los españoles opinan (al menos los buenos españoles), acuérdense de las palabras de aquel periodista cuerdo que pasó su juventud observando y escribiendo en un Madrid no muy distinto al nuestro. Y es que leer da libertad, al menos en el pensar.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Same Old Story

El fuego ilumina
los ojos de los niños
y la música es el canto
de la masa encantada.

Villancicos de odio,
¿quién no los escucha?


Dibujo de Luka Adler

viernes, 28 de octubre de 2016

La democracia de los grandes almacenes


Lo que queda de democracia tiene que interpretarse como el derecho a elegir entre productos. Los líderes de las empresas hace tiempo explicaron su necesidad de imponer sobre la población una "filosofía de lo inútil" y de "falta de objetivos en la vida" para "concentrar la atención de los seres humanos en las cosas más superficiales en las que consiste gran parte del consumo de moda". Abrumados por este tipo de propaganda desde la infancia, es posible que las personas lleguen a aceptar unas vidas sin sentido y subordinadas y a olvidar las ideas ridículas acerca del control sobre sus propios asuntos. Es posible que dejen su destino librado a los genios y, en el ámbito político, a las que se denominan a sí mismas "minorías inteligentes" que sirven y administran el poder.
Noam Chomsky, 'Un mundo libre de guerra' 

  Como suele decirse, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 
  Que los partidos políticos -más bien candidatos: ya no sabemos leer programas- entre los que elegimos cuando, y sólo cuando, somos convocados a las urnas, recuerden a esos productos fabricados para atraer al mayor número posible de clientes, es pura coincidencia. 
   Que entre los placeres de la vida se incluya comprar el último grito en telefonía móvil, acudir en masa a ése concierto o disfrutar con el conocimiento de que Angelina Jolie se arrepiente de haber dejado a Brad, es pura coincidencia. 
   Que nuestras inteligentes minorías sigan llevándonos en tren de alta velocidad hacia ese capitalismo que combina lo peor de la vieja mercantilización del trabajo con el Matrix financiero que anula a las democracias, es pura coincidencia. 

Creemos que tenemos nuestra inteligencia, al menos; nuestro conocimiento y educación. En especial los jóvenes desposeídos de hoy (menos desposeídos que muchos, sólo que más conscientes de ello). Pero ¡ay!, querido, no somos tan listos... Se domesticó ya al ser humano, y como el perro perdió su instinto.

El autor de estas líneas, por Luka Adler

martes, 18 de octubre de 2016

La ninfa del Lago Verde

Un cuento de Santiago Herrero



Hace ya algún tiempo, en la región de Kaimuchi, cuyas frescas aguas bañan la falda del Monte Amargo –así llamado por la presencia retorcida de sus árboles–, se contaba esta leyenda sobre el amor inmortal entre una ninfa y un hombre:

Se hallaba un día el Dios Celoso emplumando cuidadosamente sus flechas, cuando llegó a sus oídos la más dulce melodía que jamás hubiera escuchado. Con los ojos bien abiertos observó a través de las nubes, y así pudo contemplar a la ninfa Saru-Kita, quien embelesaba a los peces del Lago Verde tocando hermosas notas y paseando sus dedos sobre las aguas. En el acto creyó amarla y, consumido por la pasión, bajó a su encuentro en forma de garza.

Al verlo acercarse, la ninfa cesó en su canto, y el dios abrió sus espléndidas alas del color azul del cielo. Saru-Kita se aproximó para acariciar su blanco pecho, y el dios picó en su vestido con suavidad. Prosiguió la ninfa con su canción y la garza, con los ojos llenos de fuego, la arrojó a tierra dispuesta a desnudarla. Ella luchó desesperada, pues se daba cuenta del engaño, y de una fuerte patada empujó a la ligera ave, que perdió unas cuantas plumas. El Dios Celoso, terriblemente ofendido, graznó mientras crecía hasta alcanzar el tamaño de una casa, hizo presa de la joven con sus poderosas garras y la elevó hasta el cielo, diciéndole:

Nunca nadie rechazó a un dios. Las aguas callarán ahora tu canto, y sólo quien te busque sin maldad, con los ojos puros, podrá verte. Pero conozco al hombre: morirás en soledad.

La ninfa cayó entre lágrimas sobre el lago y se hundió junto a sus verdes rocas, donde los peces la acogieron.


Esta historia pronto se supo en todo el país, dado que en aquella época los hombres aprendían sus malas artes de los dioses. Numerosos príncipes y reyes vecinos se decidieron a probar suerte, pues qué honor no recaería sobre aquel que pudiese desposar a la hembra que osó negársele a un dios. Acudían vistiendo sus mejores galas, envueltos con finas sedas y perfumes, joyas en sus manos y kohl en sus ojos. Observaban las aguas mientras sus caballos pastaban cerca, convencidos, al ver sus magníficos reflejos, de que la ninfa emergería en cualquier momento y cantaría para ellos prendada. Pero la pobre Saru-Kita lloraba en silencio desde las profundidades, cada vez más furiosa pues comprendía que nunca el hombre, celoso como el dios que la maldijo, la querría más que para contarla entre sus riquezas. Era pues mejor quedar allí, inadvertida, hasta que su historia se perdiese en el tiempo.

Dibujo de Luka Adler

Transcurrieron los años y, efectivamente, las visitas cesaron. La hermosa ninfa se mecía en un profundo sueño, rozada por los rayos del sol durante el día, sin sentir el frío de las aguas por la noche. Apareció entonces en la región un forastero de aspecto desaliñado, llamado Sinto-Ogo, quien viajaba siempre solo escuchando historias para poder a su vez contarlas en otros reinos. Tenía ojos melancólicos, pues muchas leyendas hablan de tristeza y soledad, pero su mirada se alegraba al oír un cuento nuevo, no tanto por aquello que le contaban –dado que la mayoría de historias se parecen entre sí– como por la forma en que las ancianas y pobres gentes lo narraban, expandiendo en verdad sus espíritus ya cercanos al fin.

Fue así como, referida por un viejo campesino, llegó hasta él la historia de Saru-Kita y el Dios Celoso, y dado que el del tiempo era su bien más abundante, decidió acudir el día próximo a yacer junto a las aguas del Lago Verde.

Allí pasó Sinto-Ogo toda la siguiente jornada admirando el paisaje, a las aves que iban y venían, al rebaño que se acercaba a abrevar, también el lento movimiento de las nubes en el cielo… Mas una vez el sol estuvo ya bajo sobre el horizonte, el cuentacuentos errante se quitó las sandalias e introdujo sus curtidos pies en las frías aguas del lago. De su zurrón sacó su flauta de bambú, que reservaba para las tragedias, y con emoción empezó a cantar:

Escuché anoche la historia,
lago triste,
de la ninfa que acogiste.
¡Qué pena, qué pena
debió sentir la bella Saru entre tus aguas!
pues el hombre no vale nada
bajo este cielo.

Yo quisiera poder verla.
Y así cantarle cuanto siento.
Murió sin duda
de desaliento,
tras contemplar a los amantes
bañarse junto a ella,
y el eterno tránsito de los orgullosos.

Ya los ojos del pobre Sinto
no sonreirán jamás.
No, no lo harán.

Los peces observaban junto a la superficie al desconocido, quien se mecía con su música. Las notas de su flauta reverberaban entre las rocas que poblaban el fondo del lago. Saru-Kita escuchó en la distancia y, acostumbrada a ver a través del agua, despegó sus párpados. Atónita contempló a Sinto-Ogo, quien miraba en su dirección con la cara mojada.

Saru-Kita de verdes ojos:
yo te habría acompañado.
No soy mucho, yo soy pobre,
y así es que aprecio
cuanto no me pertenece.

Saru-Kita, ¡ninfa de amor!
Ya nunca olvidaré tu historia.

Dejó por fin caer sus brazos sin fuerza, y el bambú rozó las aguas. Entonces algo mágico sucedió, pues a través de la flauta se oyeron suaves notas de una voz cristalina. Sinto-Ogo abrió mucho los ojos, petrificado, y tras quedarse así unos segundos fue a mirar tontamente por el hueco del instrumento. Justo en ese momento algo emergió del lago, a pocos metros de él: era el rostro de Saru-Kita, a quien su alma al punto reconoció como a una vieja amiga. Observó sus ojos, del color de la luz contra la roca verde. Observó su piel, clara como la luna de invierno. Ella emergió todavía un poco más, y ambos quedaron mudos, contemplándose.


A quienes viajen a la región de Kaimuchi, cuyas frescas aguas bañan la falda del Monte Amargo, se les pide que transiten en silencio. Quizás así escuchen las más bellas melodías, cuando el viento sopla sobre el Lago Verde.

martes, 11 de octubre de 2016

Mors certa

Vive ahora,
un parpadeo frente a la luna.
Dibujo de Luka Adler

Vive,
algo de alcohol, cigarro
y sexo.

No preguntes al mañana
que el morir mejora
con la edad.

Consúltale en su lengua
al bello bárbaro
y no ignores al vicio
de estar vivo.

Vive ahora
y siente del presente
los latidos, bramidos
de viento en tu ventana.
No la cierres,
que el pasado escapa y lo demás
ya entra.

Piensa.
Siente.
¡Siente!