Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

jueves, 4 de agosto de 2016

De la melancolía absurda

  La vida humana está llena de espantajos, humores insalubres que cuesta respirar. Pero siempre habrá algo que nos empuje a atravesarlos, cual nube tóxica, llevándonos la mano a la boca y llorando con alma y ojos. Quien dice esto ha coronado ya alguna de estas sierras, filosas y negras, mas la experiencia también anima: aun y cuando vuelva a suceder, sabrás siempre que de la penumbra se sale como a la luz del sol, tan seguro como que en otro momento una nube vendrá a ocultar al astro padre; pero pierde cuidado… será por poco.

  La melancolía es, por tanto, poco práctica, como no sea para componer valientes versos desgarrados, conjeturas de anacoreta y dibujos monocromáticos. La melancolía nos sirve, oídlo bien, para darnos importancia. Se piensa en la muerte y en la futilidad de todo, sí, pero es la esperanza vana de ser importantes la que nos lleva a esa suerte de existencia quejumbrosa, tan pantomímica como las demás. Al universo, a la naturaleza, a cada arbusto y su gorrión les traen al pairo tus cuitas, o les abrasan tanto como a ti las suyas. El hecho es que tenemos un tiempo alegremente reducido en este mundo, y que podemos pasarlo engañados o penando, dándonos al placer sensual o al recogimiento orgulloso: cualquier opción es igual de mala y buena. Produce arte, eso está bien; comparte tu emoción con los insignificantes que quieran prestarte unos minutos de atención; préstale la tuya a otros. Para todo lo demás –recuérdalo–, estás solo. Acompañado y solo, solo en compañía. Si no se queja el olivo, viejo, arraigado y sabio, no lo hagas tú, con libertad para alterar tu existencia hasta el punto de acabarla. No siempre estarán ahí los sabores, los olores, los placeres y las vistas que hoy te ven llorar. Haz el uso que quieras de ellos, quéjate del mundo si gustas pero, por favor, no te creas tanto. Sería absurdo. 

Fotografía del autor en Carrica/Peñalba
(Segorbe, Castellón)

sábado, 9 de julio de 2016

Claudio, emperador y republicano

  La frase que mejor puede definir la conclusión de la bilogía de Robert Graves dedicada a la vida de Tiberio Claudio César Augusto Germánico (10 aC - 54 dC) es la que sigue: "Tendrá que volverse mucho peor antes de que pueda mejorar".

  Y es que Claudio, erudito estudioso del pasado -como el mismo autor de la novela- y acertado analista del presente, quien logró sobrevivir a Livia, la astuta mujer de Octavio Augusto, a Tiberio y a Calígula, para ser eventualmente y contra su intención proclamado emperador... Claudio, digo, quiere pero no puede. 
  Claudio quiere, aprovechando los poderes que el adulador senado le otorga, arreglar los principales descosidos que dejaron sus dos predecesores, pretendiendo ser recordado -aquí su ego de historiador- como un buen gobernante, práctico y justo, para, finalmente, poder devolver el poder al senado restableciendo la República; pasado dorado no tan remoto al que nadie, empero, parece dispuesto a volver. Mas Claudio no puede, dado que demasiado ha penetrado entre el pueblo y sus gobernantes la costumbre a dejar hacer, el miedo al cambio. Es cómodo tener a quién culpar, y encargarse cada uno de sus propios asuntos; soportar el mal menor y conocido, el status quo, y observar de lejos los males de otros esperando que no vengan a llamar a la puerta propia. Se trata, en fin, de una sociedad no preparada para tomar las riendas, infantil e infantilizada, impulsiva, ingrata y rápida para reclamar que la dejen morir tranquila. Por eso rinde Claudio su sueño -siempre según Graves- de restaurar la república desde arriba, depositando su esperanza cínica de anciano en un detestable heredero, Nerón, quien quizás pueda forzar a Roma a recuperar su dignidad y demandar, activamente, algo digno de su pasado. 

 ¿Fue la suya una esperanza vana? 
  La respuesta es historia.

Busto de Claudio del Museo Arqueológico
Nacional de Nápoles (Wikipedia)


miércoles, 6 de julio de 2016

Frontera. Futuro

"¡Eh! ¡Alto ahí!"
Corre como si sólo sangre y fuego llevase encima, corre y más que corre vuela,
pero la bala llega y no duele.
Palomas de pluma y rojo surgen del pecho abierto y siguen volando,
lejos del cuerpo que da en la tierra, lejos los gritos, botas y grava.
Sus iris se tornan grises como la mar, pero allá arriba el ave vuela,
y sube,
y vuela.

Pronto reclamará venganza, el ave junto al perro, el cerdo con el gusano.
Volverán sus ojos contra los hombres, les clavarán sus dientes y la marea los engullirá
sin medir ni pensar, gris,
pues poco mide y piensa cuanto sigue su cauce.
Y las aves, todas, volarán, y los gusanos volverán a sus pequeñas cuevas, y el mar llenará de verde
las cuencas vacías e iguales;

y nadie nunca recordará,
que un día aquí silbaron balas.

Cabeza de león asiria, British Museum (fotografía del autor)

domingo, 26 de junio de 2016

La fiesta de la democracia

(Desde https://msuweb.montclair.edu)

Los que roban la carne de la mesa
predican resignación.
Aquellos a los que están destinados los dones,
exigen espíritu de sacrificio.
Los hartos hablan a los hambrientos
de los grandes tiempos que vendrán.
Los que llevan la nación al abismo
afirman que gobernar es demasiado difícil
para el hombre sencillo. 
Bertolt Brecht, 
'Catón de guerra alemán' (1937-38)


 

 

  Curioso lo bien que aplica esta sencilla poesía a quienes hoy claudican, diciéndose unos a otros, en fila y tras las urnas, que viven en democracia. Que somos muy soberanos, que somos todos iguales, ante las leyes y ante sus dioses, que estamos muy avanzados, que somos patriotas sociales.
  Miren a su alrededor y piensen, ¿cuánto hacen por su prójimo? (¿y a quién consideran tal?); piensen luego en los de arriba, y en cuánto les importará. Porque el poder tiende a invertirse en uno mismo, y aquí no manda quien paga, sino quien cosecha el beneficio.

  Voten mucho pero, por respeto a la inteligencia, no se adhieran al sueño conforme... de que vivimos en democracia.

jueves, 9 de junio de 2016

'Tropas del espacio', breve reseña

Guerra contra los arácnidos. Lucha planetaria a vida o muerte entre especies.
Civiles y ciudadanos, sólo los segundos sirven, y así ganan sus derechos políticos.
Creer que la libertad, o cualquier otro derecho, se tiene sin más, fue el error que llevó a las democracias del siglo XX al ocaso. Los derechos hay que ganárselos sirviendo a la comunidad, que es la única que puede darlos y garantizarlos.



  Estas son las principales líneas por las que discurre la novela Tropas del espacio (1959), de Robert A. Heinlein. El libro ha sido tachado de promilitarista, y puede que sea verdad, pues claramente defiende aquello de dulce et decorum est pro patria mori. La guerra de Corea acababa de finalizar al publicarse la obra -con no muy buenos resultados para los EE.UU-, y existían una serie de iniciativas para acabar con los ensayos nucleares, algo a lo que Heinlein se oponía (puede verse explicitado en el libro que, cuando una sociedad -o raza- que ha renunciado a defender su supervivencia mediante la expansión continua se encuentra con otra que no lo ha hecho, es aniquilada). También ha sido tachado de fascista, algo no tan fácil de ver, pues el fascismo es algo más que el encomio del servicio militar voluntario en una sociedad meritocrática; y de racista, por los términos con los que los humanos se refieren a sus enemigos alienígenas, "chinches" y "huesudos". Sí defiende la novela el castigo corporal, incluso la pena capital, para inculcar una educación moral a la población, desde niños. Veamos un ejemplo de esto:

- Verá, ellos suponían que el hombre tiene un instinto moral.
- ¿Cómo, señor? Bueno, lo cierto es que sí lo tiene. ¡Yo lo tengo!
- No, querida, usted tiene una conciencia cultivada, y muy cuidadosamente adiestrada. El hombre no tiene instinto moral. No nace con sentido moral. Usted no nació con él, ni yo, como no lo tiene el cachorro. Nosotros adquirimos el sentido moral, si es que lo adquirimos, mediante el adiestramiento, la experiencia y el sudor de la mente (...)
 Y ahora, vamos con aquello de los derechos políticos:

- Esta relación tan personal, "el valor" -prosiguió-, tiene dos factores para un ser humano: primero, lo que puede hacer con una cosa, su uso. Y segundo, qué deben hacer para conseguirla, su costo. Hay una antigua canción que asegura que "las mejoras cosas de la vida son gratuitas". ¡No es cierto! ¡Es totalmente falso! Esa fue la falacia trágica que produjo la decadencia y el colapso de las democracias del siglo XX. Estos nobles experimentos fallaron porque se había hecho creer a la gente que podían votar para pedir lo que querían, y conseguirlo sin esfuerzo, sin sudor, sin lágrimas.

  Este es el punto interesante de la novela, la idea de que uno ejercería mejor sus derechos políticos, con mayor responsabilidad y conciencia si, personalmente, hubiese tenido que ganárselos. Ello no quiere decir que los "civiles" estén esclavizados cual ilotas espartanos, no; pueden disfrutar de los beneficios del Estado, tener negocios, hacerse ricos, pero nunca votarán, ni harán leyes, ni podrán ser elegidos para ningún cargo político. Es una idea atractiva, no carente de lógica y, por ende, potencialmente peligrosa. Desde luego, sería mucho mejor poder ganarse esos derechos de ciudadanía de maneras más constructivas que sirviendo en el ejército de la Federación Terrana, pero la idea queda ahí, ha sido sinceramente expuesta por el autor y, aún hoy, más de cincuenta años después, sigue generando inquietud y debate. Y eso es lo que define un libro digno de ser leído.

lunes, 6 de junio de 2016

De igualdad o libertad (Marat/Sade)

¿Es la libertad compatible con la igualdad? ¿O debemos pagar con un mundo menos justo el precio de nuestro libre albedrío? ¿Es realmente posible, la igualdad? ¿Existe, pese a todo, la libertad?


  Estás son algunas de las preguntas que Peter Weiss plantea es su obra Marat/Sade (o La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat representada por el grupo teatral de la casa de salud mental de Charenton bajo la dirección del Marqués de Sade), obra que tuve el placer de contemplar el pasado sábado gracias a la compañía Atalaya, ducha en erizar el bello del público a través de su inquietante ejecución.

  Marat, líder de la Revolución, confía en la lucha como medio de los desposeídos para alcanzar la justicia en este mundo. Éstos, los oprimidos de la historia, ven en él una especie de Mesías y cargan sobre sus hombros todo el peso de su esperanza. El rabioso Jacques Roux asegura que nada se consigue sin violencia y sangre derramada, pues nadie entrega sus privilegios si no es forzado a ello. Carlota Corday, quien esgrime el cuchillo asesino, confía en poner fin a la locura que atenta contra el único modo de vida que jamás conoció. Sade, por último, batuta directora del caos, se ríe de todos ellos y sólo confía en el poder del individuo (y en el de él mismo) para cambiar de algún modo la realidad, siquiera sea la propia.

  Una obra imprescindible que, magistralmente situada en un hospital mental -pues todos enfermamos al aceptar el status quo del mundo tal como nos es entregado-, plantea la irresoluble disyuntiva a la que se enfrenta el ser humano.

Imagen traída desde http://www.atalaya-tnt.com/

domingo, 29 de mayo de 2016

No está siendo


No está siendo un mes sencillo
con los sueños y las faltas,
y las faltas de los sueños.
Fotografía del autor (Melilla)

No está siendo tan sencillo,
que pasando pasa el tiempo
y aún con risas hago un tiento;
pero dentro no me río,
no.

Y ya sé de qué se tratan
luchas y supervivencias:
no por pan o bala ajena,
mas por ser y bala propia.

No está siendo un mes sencillo,
quién lo piense que se entere:
porque en sueños aún parece
y en el día soy el lobo.

Pobre lobo, fiel buen lobo,
nunca habrá quien te consienta.