Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

viernes, 25 de noviembre de 2016

Reivindico a Larra

Mariano José de, porque no hay periodista que, leído en voz alta, me dé mayor placer. Se trata de su humor, de su ironía y de ese dominio del castellano que dista muchas leguas del que atesoramos hoy. Aprecio además su soledad y biografía, y su trágico final tiene para mí carácter de advertencia, como el reflejo lejano de una vida pasada.

  A continuación, un fragmento de su artículo ¿Quién es el público y dónde se encuentra?, del 17 de agosto de 1832. Será innecesario que se retrotraigan ustedes en casi dos siglos, pues esto es tabaco fresco:
"¿Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda [del público], ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y la justicia? ¿Será la que condena a vilipendio eterno al hombre juicioso que rehúsa salir al campo a verter su sangre por el capricho o la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? (...) ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor o de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?
(...)
Y en segundo lugar, concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que llamamos público; que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin porqué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido o de su desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad e ingratitud los servicios más importantes, y premia con usura a quien le lisonjea y le engaña; y, por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados".

  La próxima vez, pues, que lean su periódico, que escuchen en su televisión o radio al tertuliano o al político hablar de lo que los españoles opinan (al menos los buenos españoles), acuérdense de las palabras de aquel periodista cuerdo que pasó su juventud observando y escribiendo en un Madrid no muy distinto al nuestro. Y es que leer da libertad, al menos en el pensar.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Same Old Story

El fuego ilumina
los ojos de los niños
y la música es el canto
de la masa encantada.

Villancicos de odio,
¿quién no los escucha?


Dibujo de Luka Adler

viernes, 28 de octubre de 2016

La democracia de los grandes almacenes


Lo que queda de democracia tiene que interpretarse como el derecho a elegir entre productos. Los líderes de las empresas hace tiempo explicaron su necesidad de imponer sobre la población una "filosofía de lo inútil" y de "falta de objetivos en la vida" para "concentrar la atención de los seres humanos en las cosas más superficiales en las que consiste gran parte del consumo de moda". Abrumados por este tipo de propaganda desde la infancia, es posible que las personas lleguen a aceptar unas vidas sin sentido y subordinadas y a olvidar las ideas ridículas acerca del control sobre sus propios asuntos. Es posible que dejen su destino librado a los genios y, en el ámbito político, a las que se denominan a sí mismas "minorías inteligentes" que sirven y administran el poder.
Noam Chomsky, 'Un mundo libre de guerra' 

  Como suele decirse, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 
  Que los partidos políticos -más bien candidatos: ya no sabemos leer programas- entre los que elegimos cuando, y sólo cuando, somos convocados a las urnas, recuerden a esos productos fabricados para atraer al mayor número posible de clientes, es pura coincidencia. 
   Que entre los placeres de la vida se incluya comprar el último grito en telefonía móvil, acudir en masa a ése concierto o disfrutar con el conocimiento de que Angelina Jolie se arrepiente de haber dejado a Brad, es pura coincidencia. 
   Que nuestras inteligentes minorías sigan llevándonos en tren de alta velocidad hacia ese capitalismo que combina lo peor de la vieja mercantilización del trabajo con el Matrix financiero que anula a las democracias, es pura coincidencia. 

Creemos que tenemos nuestra inteligencia, al menos; nuestro conocimiento y educación. En especial los jóvenes desposeídos de hoy (menos desposeídos que muchos, sólo que más conscientes de ello). Pero ¡ay!, querido, no somos tan listos... Se domesticó ya al ser humano, y como el perro perdió su instinto.

El autor de estas líneas, por Luka Adler

martes, 18 de octubre de 2016

La ninfa del Lago Verde

Un cuento de Santiago Herrero



Hace ya algún tiempo, en la región de Kaimuchi, cuyas frescas aguas bañan la falda del Monte Amargo –así llamado por la presencia retorcida de sus árboles–, se contaba esta leyenda sobre el amor inmortal entre una ninfa y un hombre:

Se hallaba un día el Dios Celoso emplumando cuidadosamente sus flechas, cuando llegó a sus oídos la más dulce melodía que jamás hubiera escuchado. Con los ojos bien abiertos observó a través de las nubes, y así pudo contemplar a la ninfa Saru-Kita, quien embelesaba a los peces del Lago Verde tocando hermosas notas y paseando sus dedos sobre las aguas. En el acto creyó amarla y, consumido por la pasión, bajó a su encuentro en forma de garza.

Al verlo acercarse, la ninfa cesó en su canto, y el dios abrió sus espléndidas alas del color azul del cielo. Saru-Kita se aproximó para acariciar su blanco pecho, y el dios picó en su vestido con suavidad. Prosiguió la ninfa con su canción y la garza, con los ojos llenos de fuego, la arrojó a tierra dispuesta a desnudarla. Ella luchó desesperada, pues se daba cuenta del engaño, y de una fuerte patada empujó a la ligera ave, que perdió unas cuantas plumas. El Dios Celoso, terriblemente ofendido, graznó mientras crecía hasta alcanzar el tamaño de una casa, hizo presa de la joven con sus poderosas garras y la elevó hasta el cielo, diciéndole:

Nunca nadie rechazó a un dios. Las aguas callarán ahora tu canto, y sólo quien te busque sin maldad, con los ojos puros, podrá verte. Pero conozco al hombre: morirás en soledad.

La ninfa cayó entre lágrimas sobre el lago y se hundió junto a sus verdes rocas, donde los peces la acogieron.


Esta historia pronto se supo en todo el país, dado que en aquella época los hombres aprendían sus malas artes de los dioses. Numerosos príncipes y reyes vecinos se decidieron a probar suerte, pues qué honor no recaería sobre aquel que pudiese desposar a la hembra que osó negársele a un dios. Acudían vistiendo sus mejores galas, envueltos con finas sedas y perfumes, joyas en sus manos y kohl en sus ojos. Observaban las aguas mientras sus caballos pastaban cerca, convencidos, al ver sus magníficos reflejos, de que la ninfa emergería en cualquier momento y cantaría para ellos prendada. Pero la pobre Saru-Kita lloraba en silencio desde las profundidades, cada vez más furiosa pues comprendía que nunca el hombre, celoso como el dios que la maldijo, la querría más que para contarla entre sus riquezas. Era pues mejor quedar allí, inadvertida, hasta que su historia se perdiese en el tiempo.

Dibujo de Luka Adler

Transcurrieron los años y, efectivamente, las visitas cesaron. La hermosa ninfa se mecía en un profundo sueño, rozada por los rayos del sol durante el día, sin sentir el frío de las aguas por la noche. Apareció entonces en la región un forastero de aspecto desaliñado, llamado Sinto-Ogo, quien viajaba siempre solo escuchando historias para poder a su vez contarlas en otros reinos. Tenía ojos melancólicos, pues muchas leyendas hablan de tristeza y soledad, pero su mirada se alegraba al oír un cuento nuevo, no tanto por aquello que le contaban –dado que la mayoría de historias se parecen entre sí– como por la forma en que las ancianas y pobres gentes lo narraban, expandiendo en verdad sus espíritus ya cercanos al fin.

Fue así como, referida por un viejo campesino, llegó hasta él la historia de Saru-Kita y el Dios Celoso, y dado que el del tiempo era su bien más abundante, decidió acudir el día próximo a yacer junto a las aguas del Lago Verde.

Allí pasó Sinto-Ogo toda la siguiente jornada admirando el paisaje, a las aves que iban y venían, al rebaño que se acercaba a abrevar, también el lento movimiento de las nubes en el cielo… Mas una vez el sol estuvo ya bajo sobre el horizonte, el cuentacuentos errante se quitó las sandalias e introdujo sus curtidos pies en las frías aguas del lago. De su zurrón sacó su flauta de bambú, que reservaba para las tragedias, y con emoción empezó a cantar:

Escuché anoche la historia,
lago triste,
de la ninfa que acogiste.
¡Qué pena, qué pena
debió sentir la bella Saru entre tus aguas!
pues el hombre no vale nada
bajo este cielo.

Yo quisiera poder verla.
Y así cantarle cuanto siento.
Murió sin duda
de desaliento,
tras contemplar a los amantes
bañarse junto a ella,
y el eterno tránsito de los orgullosos.

Ya los ojos del pobre Sinto
no sonreirán jamás.
No, no lo harán.

Los peces observaban junto a la superficie al desconocido, quien se mecía con su música. Las notas de su flauta reverberaban entre las rocas que poblaban el fondo del lago. Saru-Kita escuchó en la distancia y, acostumbrada a ver a través del agua, despegó sus párpados. Atónita contempló a Sinto-Ogo, quien miraba en su dirección con la cara mojada.

Saru-Kita de verdes ojos:
yo te habría acompañado.
No soy mucho, yo soy pobre,
y así es que aprecio
cuanto no me pertenece.

Saru-Kita, ¡ninfa de amor!
Ya nunca olvidaré tu historia.

Dejó por fin caer sus brazos sin fuerza, y el bambú rozó las aguas. Entonces algo mágico sucedió, pues a través de la flauta se oyeron suaves notas de una voz cristalina. Sinto-Ogo abrió mucho los ojos, petrificado, y tras quedarse así unos segundos fue a mirar tontamente por el hueco del instrumento. Justo en ese momento algo emergió del lago, a pocos metros de él: era el rostro de Saru-Kita, a quien su alma al punto reconoció como a una vieja amiga. Observó sus ojos, del color de la luz contra la roca verde. Observó su piel, clara como la luna de invierno. Ella emergió todavía un poco más, y ambos quedaron mudos, contemplándose.


A quienes viajen a la región de Kaimuchi, cuyas frescas aguas bañan la falda del Monte Amargo, se les pide que transiten en silencio. Quizás así escuchen las más bellas melodías, cuando el viento sopla sobre el Lago Verde.

martes, 11 de octubre de 2016

Mors certa

Vive ahora,
un parpadeo frente a la luna.
Dibujo de Luka Adler

Vive,
algo de alcohol, cigarro
y sexo.

No preguntes al mañana
que el morir mejora
con la edad.

Consúltale en su lengua
al bello bárbaro
y no ignores al vicio
de estar vivo.

Vive ahora
y siente del presente
los latidos, bramidos
de viento en tu ventana.
No la cierres,
que el pasado escapa y lo demás
ya entra.

Piensa.
Siente.
¡Siente!

lunes, 26 de septiembre de 2016

Crimen y castigo


 Al razonamiento se había impuesto la vida.



 De la novela de Dostoyevski cada uno sacará un mensaje diferente y más o menos coherente con sus circunstancias vitales. Para mí, lo que el autor ruso explora a través de sus personajes son las posibles razones para existir, esto es, el sentido de la vida, y cómo es ésta una cuestión que por doquier atormenta a las almas sensibles. Cuál es la propuesta, es decir, la respuesta que el escritor da a esta pregunta máxima es ya algo más difícil de establecer. 


  Sé lo que diréis muchos, que la novela trata de un joven enajenado y asesino, de su megalomanía infructuosa y sus problemas de conciencia... y no os falta razón, pues a lo largo de sus numerosos personajes y diálogos el genial autor toca muchos palos: la experiencia de la miseria, las opiniones de los socialistas rusos, la moda del nihilismo y las tendencias psicológicas de la época, la diferente perspectiva entre la potencia romántica de la juventud y el ''saber hacer'' asentado en la edad y el conocimiento de los caracteres humanos, o entre la forma de vida fundamentada en una ética social -y más o menos hipócrita- y aquella otra basada tan sólo en el dionisíaco placer de los sentidos. Aun así y en mi opinión, la base sobre la que yace el edificio de este complejo libro es aquella que apuntaba arriba, la de qué sentido le damos a nuestras existencias para convertirlas en verdaderas vidas. 

   Raskolnikof, el protagonista, es una de esas personas en las que una amplia inteligencia unida a una extremada sensibilidad dan lugar a un ser torturado; alguien que no se encuentra a gusto con la sociedad, sus normas, sus códigos morales, y sin embargo no sabe vivir sin atenerse a ellos; alguien en quien la voluntad y los hechos se oponen; alguien que no sabe disfrutar de las pequeñas cosas, que razona demasiado -sin la fuerza maquinal de quien se adapta sin pensar a su contexto- y se entrega demasiado poco a los sentimientos centrífugos. Siente una piedad excesiva por sí mismo y es a la vez su peor juez, su propia némesis. Intenta verse como un héroe, un resistente, pero no lo es, pues ya no hay héroes -quizás jamás los hubo-, y se deprime, se hunde, se solivianta, mata. Hasta el epílogo de la novela no vislumbré la conclusión, que es la que sigue: la vida es lo que es, y sólo nosotros, junto a esos otros "nosotros" que nos rodean, podemos darle un sentido que nos aleje del dolor y la locura.

lunes, 12 de septiembre de 2016

Diálogos conmigo mismo (I)



- Hazte adulto. Madura. Deja de creer en tu dios, el amor. Las cosas nunca salen como uno quiere.

- A veces lo hacen.

- Sí, a veces sí. Pero la realidad siempre acaba haciendo aparición, y golpea duro al desprevenido. ¿Y la realidad definitiva? Ésta es la muerte: el mayor regalo de la naturaleza. ¿La abrazarás cuando te llegue?
Sólo los ilusos se aferran.