Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

domingo, 19 de marzo de 2017

Qué raro


El dragón agita sus colas
de tormenta
y el tambor toca a juicio
en explosión frenética.
El amor
y la muerte
bajan cogidos de la mano y un gato
sonríe
como lo hace el pirata
ante el punto en que escondió el tesoro.
Un lindo periquito
pecho vacío de ambición
con dolor se observa en
el espejo que plantaron frente a su jaula.
El calor abrasa esa ciudad
con población de hielo:
La oposición
de sus manos
es tan veloz
como fugaz su sentir.
El reloj de arena, roto
les va a la contra y se une
a un desierto
de eones de antigüedad.

Dibujo de Luka Adler
















- ¿Qué narices significa eso?

- No lo sé. Nada. Supongo que algo que llevo dentro. He escrito unas cuantas palabras que me venían a la mente; la palabra que fuese, la primera. Cada una debía dar lugar a un verso, y este es el resultado.

- Me gusta, aunque sólo un poco. Por supuesto que es algo que llevas dentro. ¿Qué si no? ¿De dónde viene el arte, si no de lo que llevamos dentro? Y de lo que nos va por fuera. Verás: 

   Los gatos, los gatos parecen guardar secretos. Y tú vives con un gato. Te gusta la idea de que los gatos nos superen en inteligencia y simplemente estén al tanto de algo que nosotros los humanos ignoramos; qué mejor que hacerles conocedores del porvenir. Por cierto, no sé qué tienes con el apocalipsis. Varía un poco, misántropo.
   El periquito te representa a ti, sintiéndote cada vez menos ambicioso... aunque también más libre. Quizás piensas que el precio de mantener ambiciones que consideras vanas es acabar observándote en un espejo a través de unos finos barrotes, los del mañana igual al ayer, los del camino trazado y hollado. O quizás tienes miedo de tener alas para nunca usarlas: perfectamente pudiera tratarse de una jaula metafórica. El miedo es tu cárcel y la de todos.
  La población de hielo. Eso es una pulla a la gente anónima con la que te cruzas continuamente, personas que parecen ocuparse en nimiedades y preocuparse por nada. Sabes que no es cierto, no siempre. Ves a la gente a tu alrededor, aquella a la que conoces un poco; ves sus desgracias personales. Quizás echas de menos almas más sensibles, pero lo del 'hielo' es rabia que sientes ante tus descubrimientos, ante tu reciente despertar a la mala prosa del mundo. En el mismo sendero, amor y muerte es de una ligazón tan obvia que ni entraré en ella. 
  El reloj representa lógicamente el tiempo, que va a la nada universal, y nada somos. El tambor es por las fiestas de tu ciudad, que por fin terminan -llevas días oyendo las bandas de música-, y dragón fue la última palabra que escuchaste justo antes de empezar tu divertido juego. 

- Muy bien. Destrozaste todo misterio que el poema pudiese guardar para mí. Por eso prefiero no mirarlos mucho. Si los miro poco, puedo olvidarme de lo que me llevó a escribirlos, hasta que llegan a parecer obra de otro.

- Es difícil analizarse a uno mismo y sorprenderse en el proceso. Confirmas lo que ya sabías. Así de simple. 

viernes, 3 de marzo de 2017

Una moda

Ser víctima mola.
Del sistema, del amor, del otro,
de todo aquello que en verdad
no existe.

No me jodas,
mártir.
Aquí andamos todos perdidos
entre dos nadas y
no defiendo la cabeza del tirano
Minotauromaquia, Pablo Picasso (1935)
ni al certero desamor
ni a tu incomprendido,
pero sobre todo,
sobre
todo
no te defiendo a ti,
ni me defiendo a mí.

Vivo,
persevero,
como Ícaro me lanzo y
estrello, mas soy
pesado como el plomo.
Con cada hostia cambio el molde
y ya estoy listo
-la cara más guapa-
para otro round,

Yo fui también víctima.
Llenito y con suaves plumas.
Necesitado
de caricias.
Ahora soy un monstruo:
escamas de lagarto,
moral de gato.

Y ando suelto.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Chefchaouen

Canción norteafricana
de tambores e idioma-arena.
Altos cúmulos de piedra
rascan el vientre a las nubes.

La sensualidad callada grita
en dos ojos de ágata.
Leve adiós.
Amor minutero pero intenso
como lo dulce de esta tierra.

La fe no se dice, se practica,
su ciudad invoca-provoca la religión.
La nuestra, basada en el opio-materia feliz
no es mejor,
sí contagiosa, irritante; adictivo
humor de la modernidad que se extiende por contacto,
lepra que todo lo pudre y lo iguala
separándolo de su naturaleza.

Vista Chefchaouen, Marruecos. (Fotografía del autor)

sábado, 7 de enero de 2017

La ruta

El farol de la plaza ilumina
con luz de luna
mis desesperanzas
y me pregunto por cuántas rutas 
transitarán mis huellas;

huellas que son ligeras o son pesadas
al placer
de una luz de luna.

Paisaje nevado en la montaña turolense
(fotografía de María Minguez)

martes, 13 de diciembre de 2016

Adefesio estilizado

  
  Bueno, resulta que no sé qué escribir (será el frío húmedo de mi guarida, que entumece el seso), pero alguien dijo hace tiempo que uno debe darle al teclado con cierta frecuencia si quiere llamarse escritor; así que, aunque sólo sea por conservar el nombre, voy a llenar esto de sinsentidos. 

   El café, qué haríamos sin él. Yo me estoy tomando uno ahora mismo. Lo difícil es mantenerlo caliente. Sólo lo está recién hecho, pero ya os digo, con este frío se hiela en cuestión de minutos; encima lo mezclo con leche -solo no me gusta- y me da pereza calentarla aparte al fuego. ¿Microondas, dices? Qué burgués. Aquí nos va el gas. 
   El caso es que a lo sumo lo tomamos templado, y aún así deja escapar humo el jodido; pero igual sucede con nuestro pipí, que está más caliente. Y es que parece que de frío va la cosa. Os prevengo: en Valencia hace frío, no mucho pero húmedo, de manera que siempre pareces tener los pies algo mojados. Además las casas, especialmente las casas humildes, están mal acondicionadas, porque esta ciudad tiende más al verano que al invierno, por lo que no merecía la pena el esfuerzo; con el frío se pasa frío, punto. Así pues el café se hace importante, y los tés, las mantas, tener un gato, compartir piso... Todo esto lo hacemos los jóvenes, no por necesidad, no, sino por darnos calor entre nosotros, por empatía; en ocasiones hasta surgen líos de sábanas, lo cual está muy bien.

   Por la noche, ya que me deslizo hacia la antropología, nos reunimos algunos neoadultos en los bares baratos del barrio para tomar dos o tres cervezas... De tanto en tanto nos damos el lujo de comer algo también, que bueno es el cenar, aunque no sea todos los días. Ojo, ya quedó lejos aquello del botellón para nosotros. Yo os hablo de cervezas. Somos de otra generación, la siguiente a aquella, la que en general no es 'nini' y, o bien trabaja, o bien busca algo nuevo que estudiar (más lo primero que lo segundo, que muchos ya descubrimos que lo de la educación y las buenas notas era fuerte pantomima). Del trabajo habréis oído algo... No suele ser una de esas profesiones que te permiten formar una familia a tus veintipico o treinta, sino varias labores cuyos méritos alcanzan para pagar un alquiler, compartido si temes a la soledad (o a quedarte sin blanca), y para tomarte una cerveza cuando quieres, regalarte un par de libros ajaditos, renovar el ticket del metro, tu comida y la del gato.

Dibujo de Luka Adler,
quien también comparte piso

  En fin y concluyendo, que tanto leer no es bueno (a mí me da por olvidarme de lo que pensaba hace segundos): vivimos más humildemente, los que no venimos de las ramas más altas del árbol; a menudo más humildemente que nuestros padres lo hicieron... ¿pero vivimos peor? La felicidad, como la belleza, es relativa, tanto que ni existe. Hay buenos momentos y bellos instantes, eso sí. Ahora bien, ni se os ocurra apuntaros este tanto, gobernantes nuestros. Mi adaptación no es vuestro mérito. (Y acabó la cosa en pulla política. Vaya, vaya...)

viernes, 25 de noviembre de 2016

Reivindico a Larra

Mariano José de, porque no hay periodista que, leído en voz alta, me dé mayor placer. Se trata de su humor, de su ironía y de ese dominio del castellano que dista muchas leguas del que atesoramos hoy. Aprecio además su soledad y biografía, y su trágico final tiene para mí carácter de advertencia, como el reflejo lejano de una vida pasada.

  A continuación, un fragmento de su artículo ¿Quién es el público y dónde se encuentra?, del 17 de agosto de 1832. Será innecesario que se retrotraigan ustedes en casi dos siglos, pues esto es tabaco fresco:
"¿Y esa opinión pública tan respetable, hija suya sin duda [del público], ¿será acaso la misma que tantas veces suele estar en contradicción hasta con las leyes y la justicia? ¿Será la que condena a vilipendio eterno al hombre juicioso que rehúsa salir al campo a verter su sangre por el capricho o la imprudencia de otro, que acaso vale menos que él? (...) ¿Será la que acata y ensalza al que roba mucho con los nombres de señor o de héroe, y sanciona la muerte infamante del que roba poco? ¿Será la que fija el crimen en la cantidad, la que pone el honor del hombre en el temperamento de su consorte, y la razón en la punta incierta de un hierro afilado?
(...)
Y en segundo lugar, concluyo: que no existe un público único, invariable, juez imparcial, como se pretende; que cada clase de la sociedad tiene su público particular, de cuyos rasgos y caracteres diversos y aun heterogéneos se compone la fisonomía monstruosa del que llamamos público; que éste es caprichoso, y casi siempre tan injusto y parcial como la mayor parte de los hombres que le componen; que es intolerante al mismo tiempo que sufrido, y rutinero al mismo tiempo que novelero, aunque parezcan dos paradojas; que prefiere sin razón, y se decide sin motivo fundado; que se deja llevar de impresiones pasajeras; que ama con idolatría sin porqué, y aborrece de muerte sin causa; que es maligno y mal pensado, y se recrea con la mordacidad; que por lo regular siente en masa y reunido de una manera muy distinta que cada uno de sus individuos en particular; que suele ser su favorita la medianía intrigante y charlatana, y objeto de su olvido o de su desprecio el mérito modesto; que olvida con facilidad e ingratitud los servicios más importantes, y premia con usura a quien le lisonjea y le engaña; y, por último, que con gran sinrazón queremos confundirle con la posteridad, que casi siempre revoca sus fallos interesados".

  La próxima vez, pues, que lean su periódico, que escuchen en su televisión o radio al tertuliano o al político hablar de lo que los españoles opinan (al menos los buenos españoles), acuérdense de las palabras de aquel periodista cuerdo que pasó su juventud observando y escribiendo en un Madrid no muy distinto al nuestro. Y es que leer da libertad, al menos en el pensar.

lunes, 21 de noviembre de 2016

Same Old Story

El fuego ilumina
los ojos de los niños
y la música es el canto
de la masa encantada.

Villancicos de odio,
¿quién no los escucha?


Dibujo de Luka Adler