Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

jueves, 31 de diciembre de 2015

Cantar de gesta


Fotografía del autor

De cantarles yo una gesta
vean bien qué les diría:

Les diría que las cosas
nunca son como parecen;
que los magos bien se arreglan
con sus cuentos y sus duendes,
que si mienten no es mentira
que los malos son ustedes.

Les diría que no es hombre
quien no es perro, cerdo y liebre;
que la abeja vale tanto
que comprarla nadie puede,
y quien compra nada tiene
y quien siente poco, muere.

Y que entiendan: la bandera
no vale un cabello humano;
que su flor bien bebe sangre;
que la hierba nunca pierde.

sábado, 26 de diciembre de 2015

Increíble Alice


Tracy Chapman me llevó a Alice Walker. Wikipedia es así. En un paseo por la última Feria del Libro Antiguo y de Ocasión tuve por primera vez un libro suyo en mis manos. Lo cogí, lo ojeé, lo solté. Había leído algo sobre ella, pequeños datos sobre su vida y obra, pero a pesar de que me llamaba mucho la atención, pensé que no era el momento y lo solté. A veces las relaciones son así. Hace más o menos un mes, reconocí rápidamente su nombre en la estantería de una pequeña librería solidaria. ‘El templo de mis amigos’ volvía a estar en mis manos. Había también otro título. Leí y releí los argumentos varias veces, los toqué, los dejé, los cogí. Como tengo la graciosa manía de almacenar libros, siendo este almacenaje mucho más rápido que mi capacidad de lectura, decidí llevarme sólo uno. Libré una dura batalla interior. Cuando ya había paseado durante un buen rato mi elección, retrocedí para dejarlo en su estantería y coger a su compañero ‘En posesión del secreto de la alegría’. No podía parar de abrir y cerrar mi hallazgo, y eso que todavía no era consciente del inmenso regalo que me había hecho a mí misma. Ese mismo día empecé a leer y no pude parar, no pude parar de emocionarme.


Este libro de Alice Walker es maravilloso, de esas obras que marcan un antes y un después, que te agarran los párpados con fuerza, te aprietan el estómago y cantan. Su nivel de belleza y de conciencia me aceleraban el corazón, literalmente. De una sencillez exquisita y profundamente poético. Sigo sin entender cómo es posible que en 26 años de vida no haya escuchado su nombre. No soy una persona de oídos vagos, todo lo contrario. Tengo una inmensa lista cerebral de todos esos autores que hay que leer. Hay que leer a Alice Walker. Me hallo incrédula ante la falta de ediciones de esta autora. Es una autora necesaria. No he encontrado ninguna edición en castellano que no sea anterior a los 90. Muchísimos de sus trabajos sin traducir. No lo entiendo.

Alice tiene esa mágica forma de tratar el dolor que tan sólo algunas personas poseen. Un dolor muy incómodo: el de la historia –historias– de las mujeres. Sufro la necesidad de acercarme más a esta historia, a la historia del dolor de las mujeres, a la de su esclavitud. Yo formo parte de esa historia.  Yo soy esa historia.

Con Alice Walker he descubierto lo poco que leo a las mujeres. Yo, que grito siempre a favor de mis congéneres, he descubierto y asumido que no las consumo. Todavía no me he atrevido a contrastarlo, no he contado los títulos de mi pequeña biblioteca, sé que me voy a asustar. Hablo de las mujeres pero no de mujeres, no tienen nombre, porque no las leo, no las consumo.

Siento vergüenza, la verdad. Estos últimos meses he estado intentando romper mi barrera eurocéntrica, he consumido en su mayoría a autores de otras culturas y continentes. Pero me había olvidado de las mujeres. De qué me sirve leer a los japoneses si no leo a las japonesas. Más todavía yo, que soy mujer. Esto me lleva a pensar mucho, pues reconozco en mí viejas ansias por escribir como un hombre; he tenido conflictos de seguridad al comparar mis escritos. Claro que había un conflicto: soy mujer, me expreso de diferente forma. De ahí mi mística unión con la obra de Walker. Me vi y me sentí. No quiero decir con esto que vaya a identificarme con cualquier mujer por el hecho de serlo, ni pretendo generalizar. Sólo reflexiono acerca de la idea de consumo, pues los hombres consumen hombres y las mujeres también. Así nunca nos reconoceremos en el espejo. Con Walker potencio mi investigación particular acerca de este conflicto cultural, un conflicto que supone, aunque sea sólo mediante susurros, considerar a la mujer menos válida para la escritura. Retomo, con esto, el problema del protagonismo. 

miércoles, 9 de diciembre de 2015

El andén



Hay una silueta en el andén disfrazada de mujer.

Tan sólo compraría mi libertad, si pudiese. Desaparecer sólo dolería a unos pocos, aunque no traumatizaría a ninguno. Ese mágico momento, cuando todos te buscan, pero nadie te espera.

La respiración acelerada no le permite pasar desapercibida. Realmente no quiere. 

Es lo que pasa con las fantasías alimentadas durante años: si al final no las cumples, sientes que verdaderamente no estás viviendo. 

sábado, 5 de diciembre de 2015

Que trata un poco sobre el absurdo

 
  No sé sobre qué escribir, pero poco importa. Lo que cuenta es sentarse ante el ordenador -que, quiero decirlo, le da al asunto un toque lúgubre que no tuvieran ni plumas ni Olivettis, con esa luz sucia que con facilidad remarca los rastros de sufrimiento en el rostro humano- y pasear los dedos por las teclas. Además, podría hablar sobre infinidad de cosas: las guerras que se preparan, lo que cobran algunos y lo que no cobran muchos, las promesas electorales... o podría ponerme serio y hablar sobre el sentido (?) de la vida, sobre la posición que el ser humano ocupa en este rincón del universo, sobre las pretensiones, vitales o de especie, sobre lo duro y lo necesario del amargo choque con la realidad, cuando tu visión de ti mismo te contrasta y te hace sombra -cosas de la juventud, supongo. ¿Qué es hacerse adulto? ¿Desengañarse? ¿Y de verdad alguien llega a ser adulto? Repito, pues, ¿qué es hacerse o, mejor, ser adulto? Creo que hay un fondo de imbecilidad racial en todos nosotros, aunque en muchos es abrumadora, irresistible, hasta el punto que cuesta tener ilusión por el futuro sin pasar uno mismo por imbécil. 
  En fin, divagaciones, como el vapor que sube de cualquier espeso líquido en la noche fría, antes de que ésta actúe y lo congele.

  Por eso me gustan, y cada vez más, aquellos escritores que hacen del absurdo su herramienta para reflejar el mundo. Porque el mundo, damas y caballeros, es muy absurdo, o nosotros nos hemos encargado de absurdizarlo tras un progreso de miles y miles de años. Comparen el comportamiento de una jirafa o una abeja con el de la mayoría de nosotros. No descendimos del árbol; caímos y nos golpeamos fuertemente el poco seso que alguna vez tuviéramos.

  Creo que cuando el grado de imbecilidad de uno disminuye, por a saber qué elementos nocivos y por suerte poco extendidos (la lectura de unos pocos, el pensamiento crítico -esto es, el pensamiento-, la observación de nuestros semejantes y de la naturaleza...), se torna el tal uno más sensible al absurdo, al igual que un cuerpo experimenta más la velocidad de otro si la de éste supera con mucho a la suya propia. En tal caso, nos volvemos como adictos a los citados elementos nocivos, con lo cual iniciamos nuestro propio camino autodestructivo, pasando de un libro a otro, buscando más y más paisajes que nos alejen de nuestros semejantes, pensando más y más sobre nuestra posición en este absurdo de raza. Los artistas que hablan nuestro mismo idioma son como una isla en medio del océano a la que desesperados nos aferramos. 


  He dicho artistas, así que cabría escribir sobre esto también. ¿Qué es ser artista? La sociedad del absurdo los produce a cientos, pero me temo que no son más que bufones para divertir a la corte, y bufones muy poco dignos (todo mi respeto para los bufones dignos, muy por encima de todos los reyes que les rieron). Artista es aquel que ve el absurdo y lo señala, que lo señala a ojos vista, que grita el absurdo, que se arranca la piel a tiras tratando de mostrárselo al mundo, o a sí mismo. Artista es un imbécil menos imbécil que la media, que compone una música que abraza los sentidos y nos eleva sobre las brumas de la realidad, o pinta un cuadro que nos horroriza porque nos recuerda a nuestras almas, o escribe un libro que uno no puede leer sin sentir cómo sus ruinas se derrumban un poco más. El artista -macho o hembra, como siempre- es un personaje sincero, demasiado sincero para los demás; aquel que canta melodías que agradan al oído imbécil es un político, o un escritorzuelo, o un hambriento de fama sin sabor. El artista grita las verdades y duele y hace daño porque está dolido y se maltrata en su misma labor, como todos nos maltratamos; mas él lo hace con un propósito noble que es denunciar y anunciar el absurdo, y no cómo parte de él.

  Ya está; otra entrada para este blog absurdo.