Porque el saber no muere, sino inspira...
¡Oh, musas, despertad ahora! ¡No nos abandonéis aún!

Relatos

Una rosa en tu mano


(Sarah Martínez)



En tus ojos la muerte y una rosa en tu mano
Suave y poderosa,
Del color de la muerte
Es la rosa en tus manos.


Andamos en silencio, acaricias con las yemas de tus dedos aquello que creo debe ser mi alma, gozosa ella, llena de júbilo, te sonríe cándida y peligrosa, dulce, reservada, ardiente, entregada. Dejas libre el miedo, dejas libre el amor, dejas libres tus pies para que caminen a mi lado. Vuela el pensamiento, escribiendo versos, en tu cuerpo. 

No, no vivo en lo irreal, no juzgues de ese modo un sueño. Tú, mi sueño, aquello real que esperé año tras año, a la sombra de la vida, con una rosa en la mano. No, no me pidas que sea otra que no soy, mundo traicionero, mundo enfermo, vanidades que aplastan seres, por siempre sensibles y sinceros, que luchan, que pelean, que aman sin freno, que se entregan al amor si reparo, que viven lo bello. No, no amarres el caballo, preciosa bestia que cabalga, que corre, sin descanso. Soy el huracán que arrasa, soy el niño que llora, risueño dolor que no abandona. 

Vuelve a mí, romanticismo desgarrador, vuelven a mí los rosales de sangre.

Tú que llenas mi vida, tu abrazo en la penumbra, tu sonrisa en el día. Eres color, eres fuego, eres luz, amor eterno. Ahora que la lluvia cae y se acerca la partida, ahora que la lluvia cae cierro los ojos para absorber cada instante de presencia, ahora que la lluvia cae no imagino el ser en tu ausencia, ahora que tu cuerpo marchita y nos acercamos al ocaso.

El mundo de lo onírico hecho carne, hecho vivencias y huesos, tú, poeta, poeta de muerte, poeta de versos suaves y palabras fuertes, tú, poeta, que abandonas el lecho construido con lencería de encaje, de pesadillas, miedos y retos. Tú, poeta, que marcharás esta misma noche, que andas hacia la decadencia, dejando mi alma sola, suspendida, adentrándose en la caída, adentrándose en la nada de la que es presa. Tú, poeta, que recubres mi esqueleto de acero, que tienes miel en los labios, que tienes constelaciones en los ojos, que tienes la inmensidad acercándose a tu ser. Tú, poeta, que de tu mano cae la rosa del dolor y la muerte, tú, poeta, que marchas sin retorno dejando mi alma en vilo esperando la noche. 




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Al miedo


(Santiago Herrero)



Tiro porque me toca, de muro en muro, de salto en salto. Cargo la piedra y tiro, y otro cae que no creyó poder. Cae de alto, cae ya muerto. El siguiente será más grande, más imponente, pero no tanto que mi tirada no le alcance. Me reconozco en el enemigo. Soy yo mismo. No tuve otro, no tan feroz.
-No podrás con ello -amenaza mi propia voz, filistea-: harías mejor en conformarte. ¡Ríndete!
   Entonces volteo, tras el primer temor; una, dos, tres veces. Tiro firme, tiro a seguro, y me descubro sobre el gigante -resultó que podía, resultó que puedo. 
  Sacudo la testa, como el león hace. Vendrán más muros, pues eso toca, pues son sus tiempos. Vendrán montañas. Pero algo distingue a los que caminan, a quienes le rugen al miedo, a quienes tiran, de roca en roca, porque también les toca: la voluntad de ser, sobre la contingencia y sobre sí mismos, seres libres.

(el David de Bernini lo obtuve desde http://thesoftmanias.blogspot.com.es/)




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Sobre el comportamiento del pájaro inane


(Santiago Herrero)

  Turbio no era distinto de los demás pájaros de su especie. Tenía un plumaje similar, piaba con voz similar y se posaba sobre las ramas de manera similar a los demás. En todo habría pasado desapercibido de no ser por su extraña forma de volar: donde todos sus congéneres describían vuelos rasantes o trayectorias que les permitiesen desplazarse de rama en rama, de árbol en árbol, él realizaba cabriolas sin sentido, volaba enérgicamente hacia arriba para a continuación dejarse caer en picado, giraba sobre sí mismo y extendía sus plumas como si deseara agrandarse. Nadie entendía esa forma tan atípica de moverse en el aire, carente de todo sentido práctico. Cuchicheaban sobre él, hablaban de su salud mental, lo evitaban en lo posible.

   No eran tan crueles, no obstante, y dejaban que se juntase con ellos en más de una ocasión. Cuando la conversación piada -que siempre giraba en torno a la mejor manera de atrapar una polilla o una hormiga- estaba en su clímax, Turbio sugería de pronto lo maravilloso que sería echar un vistazo más allá del bosque. Nadie, nunca, se aventuraba fuera de la protección del ramaje. Nadie, nunca, volaba tan alto entre las aves de su especie. Desde pequeños se les enseñaba a fijarse en el suelo y en las ramas; nada había que pudiera interesar a un pájaro más allá de las últimas hojas; aun peor, al lunático que se aventurase a volar más allá seguramente lo atraparía alguna terrible rapaz, o perdería oxígeno hasta caer muerto, o se abrasaría con la cegadora luz del sol. No había destino benigno para quien lo intentase. Se hablaba muy poco sobre el tema en las escuelas para pájaros, y únicamente para mostrar ejemplos conocidos -históricos, podría decirse- de intratables locos que decidieron acudir a la llamada de la luz y desaparecieron para siempre. Los más respetados entre los pájaros expertos no sólo eran los más mayores, sino aquellos que con mayor efecto habían teorizado sobre la felicidad e idoneidad de permanecer bajo la sombra del bosque, o sobre las irregularidades genéticas que hicieron de aquellos que alguna vez contravinieron las normas, unos subpájaros incapaces de igualarse a los demás, ya desde su misma salida del cascarón. Puede entenderse, en fin, que cuando Turbio realizaba algún comentario sobre la posible belleza del sobrebosque los demás se mirasen entre ellos para dedicarle, en el mejor de los casos, un sonoro silencio.

    El pobre pájaro recibía el mismo mensaje allá donde estuviese: en la escuela, con sus compañeros, con su familia... Pobre del ave que viviese ilusionada con lo desconocido, pues acabaría sus días muerta o enloquecida. Los demás, en cambio, podían aspirar a cuanto de bueno tiene la vida pajaril: caza de insectos, construcción de nidos, piadas a coro. Más allá se extendía la nada, y hablar de observarla era tanto como pensar en estrellarse.

    Así pasaron los años hasta que Turbio, el incómodo pájaro, decidió actuar pese a todos. Esa noche apenas durmió, al alborear desayunó frugalmente y, antes de que la comunidad se levantase, salió volando junto al amanecer y atravesó la copa de su árbol a toda velocidad.

    Al poco y ya despierta, su familia encontró una nota grabada en su habitación: "He decidido volar de verdad, seguir el propósito de mis alas. No os pido que lo entendáis. Sed felices. Yo también lo seré". El padre balanceó la cabeza con tristeza conforme; la madre emitió un suspiro, pero su corazón se alegró: en el fondo ella también creía en lo imposible, solo que ya hacía tiempo que carecía de fuerza para perseguirlo.

  Cuando los conocidos de Turbio se reunieron y la noticia se extendió, todos los pájaros de la comunidad estuvieron de acuerdo: el desdichado estaría ya despedazado en el nido de algún halcón, o calcinado sobre arenas lejanas. En las escuelas, todos los académicos emplearon el nuevo ejemplo histórico del incontrolado Turbio, quien además tenía un ojo desviado y cojeaba, y cuya irremediable locura le condujo a su perdición. Algunos padres, incluso, aprovecharon el reciente suceso para crear moralizantes cuentos de terror con los que amedrentar a sus polluelos.


   Pero un día, en una rama de reunión, surgió otra nota discordante. Un pájaro, que hasta la fecha a todos había parecido normal y buen ave, afirmó que Turbio podría estar vivo, pues no se halló ni una sola de sus plumas por el bosque. La mayoría ignoró o aun se alejó del chiflado, pero unos pocos le dieron vueltas al asunto en sus escondites, o mientras cazaban, o mientras todos a su alrededor piaban sobre la perfección del día a día, del eterno recomenzar y de la seguridad de lo conocido. Así, el virus del pájaro-turbio, nombre con el que algunos intelectuales bautizaron al reciente mal, se fue extendiendo, siempre de manera minoritaria, entre algunas aves de la especie. Los síntomas consistían en ausencias repentinas de las ramas sociales, miradas pensativas a lo alto de los pinos, contestaciones inesperadas en las aulas y, lo más alarmante, algunos grabados sobre los troncos que decían cosas como "Atrévete a volar" o "Quien no ha mirado, no puede saber". Una mañana, desaparecieron cinco pájaros más, de golpe; nada se volvió a saber de ellos y ninguna pluma apareció en el bosque.

   Todos siguieron con sus vidas, pero cada vez más aves miraban hacia arriba, con la luz de entre las ramas brillando en sus pupilas.





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Exposiciones


(Sarah Martínez)


Miro el cuadro y me pregunto si se puede albergar tanta belleza, si puedo sobreponerme a la rutina, a que los días pasen como si no fuera a morirme, cediendo las horas y con una sonrisa que a veces duele. Me gusta detenerme en este lienzo, sus ojos brillan como si no le preocupase el paso del tiempo. Y no entiendo por qué, en una habitación tan vacía, tan desnuda, tan sola. Me siento inmortal contemplándola, con esa calma soberbia que supera lo trivial, incluso la duda.
–Salomé, sube un grupo de cuarenta, creo que se te ha acabado el tiempo –me dice José, el seguridad de la Planta 3, tan amable como siempre, advirtiéndome que ha terminado mi pequeño retiro.
–Gracias José, hasta la semana que viene entonces.

Vengo pronto al museo justamente por esto, es muy difícil caminar tranquila por las salas cuando los grupos de visitantes comienzan a inundarlo todo y ya no puedes ni pensar, ni disfrutar, ni nada. Mi sala predilecta –donde está ella– es además muy pequeña, algunos placeres son limitados. Pero vuelvo constantemente, casi todas las semanas, por eso José conoce mi nombre e intuye por qué necesito la soledad.
Bajo por las escaleras, no quiero una ruptura total y rápida con el estado en el que me encuentro, salir a la calle ya es en muchas de las ocasiones un golpe demasiado fuerte. Del estado reflexivo del óleo necesito salir poco a poco. Además, ya no fumo, lo que requiere un esfuerzo adicional de concentración. Qué difícil es entrar y salir de la Planta 3.
De camino al vestíbulo, empiezo a oír el alboroto, ni siquiera las moradas del arte escapan a ello. Ahora una café y a continuar con el día. Hay bastantes seguridades en la puerta, y lo que debiera ser una fila ordenada de ansiosos personajes, se asemeja más al corro que se crea alrededor de una pelea entre chavales. A pesar de que las puertas de acceso son de cristal, no consigo ver con claridad lo que ocurre fuera. Salgo.
Hay un hombre rodeado por tres seguridades, que le cortan el paso para que no entre al museo. Le gritan y le insultan, él está decidido a pasar pues ha comprado su entrada, contesta. Entre el gentío hay quien está atónito, quien ríe, quien comenta, quien espera, mientras a ese hombre le humillan y le vejan en público. Contemplo la situación porque no comprendo el crimen. Entretanto, la policía llega, pues ha sido avisada por el personal del museo, y se lo llevan arrestado. 

Tan sólo es un hombre disfrazado de payaso.



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El espejo

(Sarah Martínez)

Le Sacre du Printemps suena, fuera llueve. Me olvido del frío mientras acaricias mi mano. Miras mis ojos, brilla tu mirada mientras atraviesas la mía. Tus dedos danzan entre mi pelo. Respiro tu suspiro mientras escucho tu voz que me dice:
En tus ojos leo.
En tus ojos vivo,
en tus ojos sueño.

Extasiada te beso. Doy gracias a la lluvia por brindarme el tiempo, de disfrutar de ti, de disfrutar de tu cuerpo. Revive, sin duda, el Ochocientos. Apenas nos conocemos. Qué importa, sé que eres tú, te llevo soñando una vida entera, por fin te tengo. Tras ilusiones muertas, experiencias frustradas, dolor y desengaño, soledad, querida y no querida, estás aquí. Ya no tengo miedo.
Siento tu aliento en mi cuello, sonrío al imaginar tu sonrisa pícara. El sofá convertido en guarida, repleto de secretos. Me levanto a servir más té, para seguir bebiendo. No hacen falta las palabras en un ambiente tan poético, mi poeta de los silencios. Miro por la ventana. Veo caer la lluvia sobre los árboles, agua salpicando en agua, hermoso verde. Pienso en lo inocuo del momento. Te veo observarme, repasar mi figura al borde de la desnudez, siento tu deseo. Te levantas, rozas mi espalda al pasar y te encaminas a cambiar la música: Clair de lune ahora. Sé perfectamente lo que me quieres decir. Siento el frío cristal, yo también te deseo.
No jugamos nunca a lo evidente, nos gustan los rodeos, pasión en todo momento. Es lo que me gusta de ti, eres tan intenso.
Ríes al mirarme, sí parece evidente lo que siento.
Más y más juegos, fraguando nuestro amor en el sofá, sofá de los sueños. Se nos ha olvidado cenar, creo. Me hablas del pasado, del presente y del futuro, te hablo de un destello. Callas, y cuando callas sé que juegas a leerme el pensamiento. No hace falta que te esfuerces: sí, te quiero. No hablaremos de ello, de momento.
Toda una vida esperando… detente, tiempo. Se nos ha echado encima la madrugada, lo divertido es lo bello. No dejas de cantar, pero se te van cerrando los ojos. Deja de intentarlo, no se puede ser fuerte en todo momento. Duerme, descansa. Te aseguras de que me tapo bien con la manta. Oigo cómo tu respiración se acompasa, descansa.

Amanece. No puedo dormir en tu presencia, no quiero perderme ni un momento. Despiertas. No entiendo porqué, pero te noto distante. Sin mediar palabra, ni mirarme, te levantas. Caminas firme hacia la habitación, oigo como te detienes. Te sigo.
Tú frente al espejo, suaves son mis pasos mientras me acerco a tu cuerpo, abrazándome a tu cintura alzo la vista. Para gran horror mío no hay reflejo, tu reflejo. Sola estoy ante el espejo, un abrazo a la nada. Giro sobre mí misma en tu búsqueda, pero no te encuentro. Desconcertada corro, atravieso la casa, sin entender, alzo un grito: ¡No te vayas!
Una voz tenue, lejana, incorpórea, me contesta: No me puedo ir si no existo.


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Un indeciso


(Santiago Herrero)


  La hierba, húmeda, pide saciarse con mis restos. Solo ella desea tener algo conmigo, pero es que ni siquiera me encuentro nutritivo, pues es tal mi tedio, mi interno llanto y mi decepción con esta vida, que seguro mi sangre esté emponzoñada, de tan lento fluir. No quiero hacerle esto a la tierna hierba, suave, fresca y habitada. Yo ya no pertenezco a la naturaleza, pues tanto pensar me desahució de ella. ¿A dónde dar con mi cuerpo? Nunca aspiré a cadáver, me cuesta imaginarme. Quizá me inmole en ácido. Allá al menos seré uno con lo nocivo y por fin nada conmigo mismo, despidiéndome del mundo, gramo a gramo. Adiós, buena hierba, y gracias por arroparme.




 No, no puedo; aún no. De no ser por tu tacto realmente lo haría. Eres consuelo de los poetas.
  Yo también, pequeña, yo también.















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El aplauso


(Sarah Martínez)



La sonrisa tímida ante el aplauso flojo. La prisa del asistente, difuminado en vasto espacio. Las viejas glorias del pasado ya no calan.


*Microrrelato seleccionado en el I Concurso de microrrelatos de temática libre "Pluma, tinta y papel" de Diversidad Literaria. 


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Elevándome

(Sarah Martínez)




Es cierto que la garganta y el estómago duelen al unísono. Sé que piensas que mi delgadez sólo trae enfermedad y pena, pero no, estoy en estado de transformación. De lo que vivo a lo que soy, preparo un animal mucho más fuerte.
 


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Primavera

(Santiago Herrero)

  Cantan los cielos en primavera con tonos suaves, con notas verdes y de cadencia alegre, con algo de rojo y de amarillo y de blanco y de algodón. Los bosques ya no asustan, las fieras no se esconden, los mirlos se responden y vibra la pasión. En el dulce río, entre los ligeros trinos, flota una muchacha de bella sonrisa, un ramo de flores en su mano fría. Y se deshace, pétalo a pétalo.


(Inspirado en ‘Ophelia’ de John Everett Millais, 1851)

 
http://en.wikipedia.org/                                                                                         



 
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La escritora

(Sarah Martínez)


Tras dos semanas esperando la salida del Sol, me siento incapaz de enfrentarme a él. Hoy es un día rojo. El pelo se me ha secado, la brisa sureña ha debido abandonarme. Nadie baila ya aquí dentro. A ras de suelo tan sólo pienso en las horas muertas de mis piernas, que sufren sus deformidades. Pero todavía miro mis dedos y me dicen ‘elevamos sueños’.


























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Todo recto; no tiene pérdida


(Santiago Herrero)


Señora. (De clase media) – ¿Se entra por aquí en El Cine de los Sueños?
Encargado. (Galante y servicial)  Por aquí se entra, señora. Todo recto; no tiene pérdida.

Autor. (Al lector)  Las gentes pronto creen que vuelan, al atravesar las puertas afelpadas e introducirse en la oscura y fresca sala. Súbitamente sienten el viento azotando sus rostros, agitando locamente sus vestidos. Llegado el punto se hacen uno y comparten la velocidad y el excitante vértigo hasta que todos lloran de la alegría. 
   Las gentes sueñan con que vuelan y lo siguen creyendo cuando dan con sus huesos en el fondo del abismo.



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El nenúfar


(Santiago Herrero)



   Existe un nenúfar acuático, simbólico y flotante, permanentemente verde, profeta de largas noches llenas de estrellas. El nenúfar se mece con la suavidad de un alma amiga sobre el agua, quien le confía sus secretos, hablándole de los hermosos peces cuyas escamas se tornan oro y plata al jugar con los postreros rayos de sol, que en vano intentan alcanzar un fondo escurridizo.

   Fondo que nadie observó jamás, salvo los ojos del pez, y de quien nadie escuchó su historia... sólo el florido nenúfar.


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Permítanme pensar


(Santiago Herrero)

Limpio en el cine, y es fantástico. Puedo recoger toneladas de basura en un breve período de tiempo. Basura en las salas, en sus salas. Comida y bebida pegajosa, a medio deglutir. Lo mejor es el poco respeto que la gente muestra por sí misma. ¿Por qué recoger sus propios desechos si pueden dejarlos caer donde minutos antes gozaban sentados y en trance? ¿Es que no piensan venir al cine nunca más? ¿Es que ellos mismos quisieran volver a esta sala y situar sus lipidosos culos sobre montones de palomitas caídos de bocas ajenas? ¿Toquetear con sus manos los perfumados líquidos que otros ellos abandonaron? 
  No, pero es que para eso están los chicos. A la gente le gusta que recojan su inmundicia; les hace sentir poderosos por un día. Esa es nuestra función.

 Así pues, cuando la soberana masa evacua la sala, abandonado zoco caliente rico en olores y texturas, entro yo a limpiar. Enfrentado a Goliath sin ser un David no puedo salir victorioso, y debo correr y sudar para recoger a tiempo los kilos y kilos de basura que la buena gente ha olvidado a su paso, en filosófico reflejo -permítanme pensar- de su propia contingencia y descomposición.
  El otro día escuché que alguien me daba las gracias, y pensé que eso estaba bien, que le reconociesen a uno que hace algo bueno, con cierto deje de vergüenza en la voz incluso, de vergüenza ante esa humanidad que respeta y se respeta tan poco. Respondí con un sonoro a usted ybuenas noches, mas cuando alcé la vista del mar de mierda para observar por medio segundo a mi interlocutor vi que el tal no existía: el traidor se dirigía a alguna oreja importante al otro lado del móvil, mientras con la gracia de la costumbre depositaba, en precario equilibrio, sus palomitas sobre cualquier sitio.


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Caballito


(Santiago Herrero) 

Había una vez un prado y un caballito que trotaba y retrotaba por él, hasta que atravesó elegantemente una puerta que ante su cara apareció. Tras la puerta se encontraba un guapo enano, que llevaba un recto y verde gorro sobre su calva cabeza, tenía la nariz pequeña y los labios gruesos.
- Dime una cosa, caballito: ¿a dónde crees que vas? 
- Voy y vengo, sin más. No busco nada en concreto, -le contestó el potrillo. 
- Pues eso no está pero que nada bien, mi cuadrúpedo amigo. Debes desear algo que no tengas, para ir a por ello con obcecación y orgullo. ¿Qué tal el amor de una hembrita que te ignore? ¿Qué tal ser el más rápido de entre tu especie? ¿Y viajar a lejanos lugares donde nadie antes haya estado, eh? Me refiero a algo que te haga único de verdad, especial. Yo, por ejemplo, tengo mi gorro verde, el más verde y recto de todos los enanos, y estoy muy orgulloso de él, aunque me costó mucho trabajo y dinero conseguirlo, y aún debo pagar la deuda. 
- No entiendo lo que me estás diciendo, pequeño amigo. A mí me gusta trotar por los campos, y no hay nada yo que desee... pero quizás tengas razón, y deba empezar a preocuparme por algo. ¿Y si un día me rompiese una de mis piernas? Tendría que buscarme una de repuesto, antes del invierno si es posible. ¿Y si de pronto dejase de haber pasto a mi alcance? Quizás debería ir guardando una parte en algún agujero, para que nada malo me pase llegado el caso. ¡Muchas gracias, amigo, por hacerme ver cuán ciego estaba! 
- No hay de qué, caballito.

   El enano agitó levemente su sombrero a modo de despedida, y el caballo le sonrió antes de seguir con su camino. No obstante, a los pocos metros, empezó a caminar más lentamente, mirando a diestra y siniestra algo intranquilo, y antes de que pasase mucho tiempo se sintió cansado y se fue a su cama por miedo a enfermar.


Dibujo del autor sobre cartón

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La ninfa del Lago Verde


(Santiago Herrero) 

Hace ya algún tiempo, en la región de Kaimuchi, cuyas frescas aguas bañan la falda del Monte Amargo –así llamado por la presencia retorcida de sus árboles–, se contaba esta leyenda sobre el amor inmortal entre una ninfa y un hombre:

Se hallaba un día el Dios Celoso emplumando cuidadosamente sus flechas, cuando llegó a sus oídos la más dulce melodía que jamás hubiera escuchado. Con los ojos bien abiertos observó a través de las nubes, y así pudo contemplar a la ninfa Saru-Kita, quien embelesaba a los peces del Lago Verde tocando hermosas notas y paseando sus dedos sobre las aguas. En el acto creyó amarla y, consumido por la pasión, bajó a su encuentro en forma de garza.

Al verlo acercarse, la ninfa cesó en su canto, y el dios abrió sus espléndidas alas del color azul del cielo. Saru-Kita se aproximó para acariciar su blanco pecho, y el dios picó en su vestido con suavidad. Prosiguió la ninfa con su canción y la garza, con los ojos llenos de fuego, la arrojó a tierra dispuesta a desnudarla. Ella luchó desesperada, pues se daba cuenta del engaño, y de una fuerte patada empujó a la ligera ave, que perdió unas cuantas plumas. El Dios Celoso, terriblemente ofendido, graznó mientras crecía hasta alcanzar el tamaño de una casa, hizo presa de la joven con sus poderosas garras y la elevó hasta el cielo, diciéndole:

Nunca nadie rechazó a un dios. Las aguas callarán ahora tu canto, y sólo quien te busque sin maldad, con los ojos puros, podrá verte. Pero conozco al hombre: morirás en soledad.

La ninfa cayó entre lágrimas sobre el lago y se hundió junto a sus verdes rocas, donde los peces la acogieron.


Esta historia pronto se supo en todo el país, dado que en aquella época los hombres aprendían sus malas artes de los dioses. Numerosos príncipes y reyes vecinos se decidieron a probar suerte, pues qué honor no recaería sobre aquel que pudiese desposar a la hembra que osó negársele a un dios. Acudían vistiendo sus mejores galas, envueltos con finas sedas y perfumes, joyas en sus manos y kohl en sus ojos. Observaban las aguas mientras sus caballos pastaban cerca, convencidos, al ver sus magníficos reflejos, de que la ninfa emergería en cualquier momento y cantaría para ellos prendada. Pero la pobre Saru-Kita lloraba en silencio desde las profundidades, cada vez más furiosa pues comprendía que nunca el hombre, celoso como el dios que la maldijo, la querría más que para contarla entre sus riquezas. Era pues mejor quedar allí, inadvertida, hasta que su historia se perdiese en el tiempo.

Dibujo de Luka Adler

Transcurrieron los años y, efectivamente, las visitas cesaron. La hermosa ninfa se mecía en un profundo sueño, rozada por los rayos del sol durante el día, sin sentir el frío de las aguas por la noche. Apareció entonces en la región un forastero de aspecto desaliñado, llamado Sinto-Ogo, quien viajaba siempre solo escuchando historias para poder a su vez contarlas en otros reinos. Tenía ojos melancólicos, pues muchas leyendas hablan de tristeza y soledad, pero su mirada se alegraba al oír un cuento nuevo, no tanto por aquello que le contaban –dado que la mayoría de historias se parecen entre sí– como por la forma en que las ancianas y pobres gentes lo narraban, expandiendo en verdad sus espíritus ya cercanos al fin.

Fue así como, referida por un viejo campesino, llegó hasta él la historia de Saru-Kita y el Dios Celoso, y dado que el del tiempo era su bien más abundante, decidió acudir el día próximo a yacer junto a las aguas del Lago Verde.

Allí pasó Sinto-Ogo toda la siguiente jornada admirando el paisaje, a las aves que iban y venían, al rebaño que se acercaba a abrevar, también el lento movimiento de las nubes en el cielo… Mas una vez el sol estuvo ya bajo sobre el horizonte, el cuentacuentos errante se quitó las sandalias e introdujo sus curtidos pies en las frías aguas del lago. De su zurrón sacó su flauta de bambú, que reservaba para las tragedias, y con emoción empezó a cantar:

Escuché anoche la historia,
lago triste,
de la ninfa que acogiste.
¡Qué pena, qué pena
debió sentir la bella Saru entre tus aguas!
pues el hombre no vale nada
bajo este cielo.

Yo quisiera poder verla.
Y así cantarle cuanto siento.
Murió sin duda
de desaliento,
tras contemplar a los amantes
bañarse junto a ella,
y el eterno tránsito de los orgullosos.

Ya los ojos del pobre Sinto
no sonreirán jamás.
No, no lo harán.

Los peces observaban junto a la superficie al desconocido, quien se mecía con su música. Las notas de su flauta reverberaban entre las rocas que poblaban el fondo del lago. Saru-Kita escuchó en la distancia y, acostumbrada a ver a través del agua, despegó sus párpados. Atónita contempló a Sinto-Ogo, quien miraba en su dirección con la cara mojada.

Saru-Kita de verdes ojos:
yo te habría acompañado.
No soy mucho, yo soy pobre,
y así es que aprecio
cuanto no me pertenece.

Saru-Kita, ¡ninfa de amor!
Ya nunca olvidaré tu historia.

Dejó por fin caer sus brazos sin fuerza, y el bambú rozó las aguas. Entonces algo mágico sucedió, pues a través de la flauta se oyeron suaves notas de una voz cristalina. Sinto-Ogo abrió mucho los ojos, petrificado, y tras quedarse así unos segundos fue a mirar tontamente por el hueco del instrumento. Justo en ese momento algo emergió del lago, a pocos metros de él: era el rostro de Saru-Kita, a quien su alma al punto reconoció como a una vieja amiga. Observó sus ojos, del color de la luz contra la roca verde. Observó su piel, clara como la luna de invierno. Ella emergió todavía un poco más, y ambos quedaron mudos, contemplándose.


A quienes viajen a la región de Kaimuchi, cuyas frescas aguas bañan la falda del Monte Amargo, se les pide que transiten en silencio. Quizás así escuchen las más bellas melodías, cuando el viento sopla sobre el Lago Verde.

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Manzanas



Hank se había volado la cabeza múltiples veces. Su única amiga, Josefina, no lo aprobaba. Sin embargo seguía trayéndole balas puntualmente, cada miércoles, reunión que aprovechaban para hablar de todo un poco.

Hank ya no tenía cara, ni cabeza. La había ido perdiendo tiro a tiro. ‘Toda afición tiene su coste’, había oído decir a alguien cuando aún tenía orejas. Pero a él no le preocupaba.

‘¿Cómo están tus padres?’

‘Muy bien, Hank’

‘Te veo mejor’

‘Sí, aquello fue un virus solamente. Ya pasó. ¿Y tú cómo estás?’

‘Últimamente me cuesta dormir’

Hank apoya la pistola en el aire, donde debiera estar su sien, y descarga un tiro que va a parar cerca de los demás agujeros en la pared.

‘Hank, te dije que no lo hicieras delante de mí. Me asusta la explosión’.

‘Ya deberías haberte acostumbrado. Además, ¿cómo quieres que recuerde lo que me dices? Ya no tengo memoria, y vienes muy poco’

‘He empezado a trabajar, ya te lo… No importa. En el bar. Estoy allí muchas horas, soportando a los insoportables. Acabamos muy tarde y yo llego agotada a casa. Me gustaría venir más a verte. De hecho te echo de menos por las noches. Es una suerte que acabe tan cansada’

‘Oye, cómete una de tus manzanas. Me encanta verte comer manzana. Pones unas caras muy graciosas’.

Josefina sonríe y se lleva una manzana a la boca, atacándola con un crujido mientras mira fijamente a Hank, quien también sonríe con unos músculos que ya no tiene. Él clava sus invisibles ojos verdes en ella.

‘Hank, quiero que me dispares. Quiero quedarme aquí contigo’

‘Pero amor, eso sería espantoso. No que te quedes aquí; el calibre de mi pistola te destrozaría la cara, y a mí me encanta tu cara. Por favor, no me pidas eso’

‘¿Y si me disparas en el pecho, justo en el corazón? Creo que también es una muerte rápida, y sería romántico. Ya me disparaste ahí una vez, ¿recuerdas? Creo que nadie me volverá a acertar jamás. Todos me parecen previsibles a tu lado. Me aburren. Me aburre la vida. Hank, por favor, hazlo por mí’.

‘Coge otra manzana’, le dice Hank mientras levanta la pistola. Los dos se miran y sonríen mientras los labios de Josefina se cierran sobre la fruta, con el agua azucarada resbalando en su barbilla. Se oye una explosión, y la manzana cae rodando hasta parar en una esquina.




La policía acudió a la llamada de un vecino, harto de tantos tiros. Encontraron dos cuerpos tendidos en una habitación sucia. Uno se hallaba en avanzado estado de descomposición, con el cráneo destrozado. El otro pertenecía a una joven. Tenía manzana en la garganta y en su mano una nueve milímetros.




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Escritura aleatoria II


  El sabor del bambú penetraba dominante por la boca trasera del barcallo mientras ejecutaba su danza amorosa para ganarse los favores de una joven quasimasa. Esta, empero, todavía no había olvidado a su anterior compañero, así que dirigió un certero disparo de ectoplasma contra el intrusivo macho, el cual huyó despavorido colina arriba.
   La mala suerte del país quiso que los residuos del proyectil diesen con una harmónica sulfatada que pastaba cerca, haciéndola arder. Aquello fue como una declaración de guerra para los de su especie, quienes juntando sus pies por los hombros invocaron un diluvio como no lo había visto el mundo desde el último martes.
   Por suerte -pues el país la tenía también buena- una pipa alienada y astróloga que pasaba por allí, lo suficientemente enorme como para dar cabida en su hornillo al tabaco que fumarías en una vida, se ofreció a salvarles el culo a todos, y así navegaron los animalillos sin brújula ni astrolabio durante cuatro semanas y un mes, alimentándose en exclusiva de bambú ecológico mudo. 

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La hormiga pirata


  Había una vez una hormiga pequeñita que derecha se dirigió a su rama, buscando su cama, su cama de siestas diurnas pues las dormidas nocturnas siempre se daban bajo tierra en el compacto hormiguero. Así la de la siesta era grata tarea ya que a diferencia del subterráneo túnel corría aquí una brisa fresca que provocaba y meneaba a la rama ligera, que se mecía como un barco en altamar. La hormiguita no se mareaba, al contrario le gustaba imaginarse hormiga pirata asaltando cargueros llenos de migas de pan impregnadas de aceite y grasa, de esas que caen de los soberbios bocadillos cubiertos de papel espejo. Siendo capitana de sin ley navío soñaba la hormiga que abordaba sándwiches, apuntando primero sus cañones contra los insectos rivales que quisieran robarle el botín, lanzando espadazos y defendiendo con picas su espacio aéreo de moscas y avispas. Si alguna otra nao hormiguera le disputaba el flotante trofeo, a su tripulación ordenaba arrojarse en combate despiadado, violento y cerrado, ella la primera en temeridad, tensas las cuerdas entre cubiertas, brincando de velamen a velamen, usando mandíbulas y espadas para sajar al enemigo. Nada se opondría a su destreza con estas herramientas, y por poder podría talar y arrojar por la borda el opuesto mástil en menos que se exclama un socorro. Sería una terrible hormiga conocida en los anchos mares charcudos, respetada por sus barbas, cicatrices y emplumados sombreros. Las soldado hablarían de ella con admiración y respeto en sus cambios de guardia; las oficiales de guardería usarían sus historias para someter a las traviesas ninfas a su voluntad; las reinas en sus salones escucharían de sus últimos golpes con singular mezcla de temor y deseo. Sería, sencillamente, una leyenda entre su especie.
 
  Era un sueño recurrente, que siempre tenía lugar cuando la aventurera siesteaba sobre la rama meciente. Mas por allí volaba un pájaro para el que todas las hormigas lucían iguales.


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El fumador nocturno



El fumador nocturno
lucía espesos bigotes
llenos de alambres irregulares.
Su novia siempre le dijo
que en otra vida debió ser gato;
fue antes de dejarle
para juntarse con perros.

Su misión era ahora simple:
observar tras un periódico,
un árbol o farola,
a aquellos dignos de ser vigilados
por tan profesional cotilla.

La pantalla de humo de un cigarro
o el vapor del café ardiente
sobre el frío seco de la noche
se interponían como velo protector
entre él y su presa
-ya que es predador, el gato-
y le hacía figurarse en realidad paralela,
al otro lado de un espejo,
invisible a los ojos que hacia allí mirasen.



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